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Norogachi

Semana Santa en la Tarahumara
(Norogachi, Estado de Chihuaha)

Miércoles de Semana Santa, final de la tarde. Está oscureciendo.

Un grupo de tarahumaras asciende el Cerro de la Cruz que domina el pueblo de Norogachi.
Danzan brevemente en la cumbre, antes de encender una enorme fogata. Como respuesta, en los cuatro puntos cardinales, aparecen decenas de fogatas formando una alfombra luminosa que vibra en la noche. Los festejos de Semana Santa en Norogachi han comenzado.

Norogachi es un pueblo de misión, donde un jesuita belga "Pedro Ignacio Loyola" construyó en 1690 el gran templo de Nuestra Señora del Pilar. Situado a la orilla de un río que siempre lleva agua, rodeado por varios cerros, Norogachi cuenta con más de 2000 habitantes, entre indígenas y mestizos. Es cabecera de 70 rancherías tarahumaras, algunas situadas a varios días de camino.

Para las fiestas del calendario religioso, los tarahumaras o rarámuris, -los de los pies ligeros, como ellos se llaman a sí mismos- se concentran en Norogachi. Después de varios siglos de evangelización, han adoptado la religión católica, pero sin abandonar sus creencias del pasado.

Las fiestas de Semana Santa se desarrollan en un escenario cristiano -el atrio de la iglesia- y en presencia de los padres, pero es una fiesta rarámuri sin lugar a dudas.

Durante tres días, más que celebrar la muerte y la resurrección de Cristo, los rarámuris van a poner en escena la lucha del bien contra el mal.

Bailando frenéticamente al ritmo de sus tambores, van a entrar en contacto con sus antiguos dioses y a reafirmar su identidad. Dando vueltas -para los ráramuris, Semana Santa es “nolirúache” (dar vueltas)-, van a pedir lluvia: Semana Santa coincide con el principio del ciclo agrícola. Pisarán fuerte el suelo para que el mal se quede abajo. El triunfo del bien se materializará con la quema del Judas, imagen del mal, pero también del chabochi -el hombre blanco- en un ambiente de carnaval y de transgresión.

Jueves Santo.
En varios puntos del pueblo, se levantan unos arcos hechos de ramas de pino, para formar el vía crucis. La explanada frente a la iglesia se llena poco a poco: habitantes del pueblo, unos pocos curiosos y mujeres rarámuris, sus hijos en la espalda, vestidas de amplias y coloridas faldas de pliegues -traen puestas 4 ó 5 de éstas-, una blusa a tono y un pañuelo en la cabeza.

Ellas se agrupan en una esquina donde van a permanecer los tres días de la fiesta, sentadas en medio de sus faldas como gallinas en sus nidos.

2 de la tarde.
Dos músicos con tambor y flauta irrumpen en el atrio. Sus tambores (kámporas) están hechos de dos membranas de piel de cabra tendidas sobre un gran círculo de madera clara; la cuenta insertada en una cuerda a lo ancho de una de las membranas sirve de resonador. Los sigue un primero grupo de 30 pintos -o fariseos- guiados por su abanderado, con sus cuerpos y caras decorados de las motas blancas que les valió su nombre. Llevan una cinta de color vivo alrededor de la cabeza -la koyera, prenda distintiva de los rarámuris-, un calzón blanco -zapeta-, una tira de tela estampada atada en la cintura para guardar pinole u otras pertenencias, huaraches y una lanza de madera; algunos lucen un impresionante tocado de plumas de guajolote. Los pintos representan el mal, la trasgresión y el desorden, su jefe es Judas.

Los pintos se forman en dos filas frente a los músicos. Brincan y dan vueltas con agilidad al ritmo de los tambores, casi sin tocar el suelo. El abanderado dirige los movimientos del grupo, indicando los desplazamientos y las vueltas que repetirá incansablemente durante tres días.

Una procesión -los hombres cargando la imagen del Cristo, las mujeres la imagen de la Virgen vestida a la manera indígena- sale de la iglesia y recorre el pueblo.

Llegan poco a poco otros grupos de pintos.
Aparece también un grupo chiquito de “soldados”: la cara pintada de blanco, llevan koyera y túnica blanca. Danzan afuera del atrio blandiendo hacia arriba unas espadas de madera. Los soldados son los “buenos”, encargados de restablecer el equilibrio y el orden perturbados por los pintos.

Cuando cae la noche, son 12 los grupos que se alternan en la explanada. El sonido de los tambores y su eco en las láminas de zinc de los techos se mezclan en un ruido ensordecedor que se adueña de los danzantes y de los espectadores. La tensión aumenta, los grupos compiten entre si, levantan una nube de polvo que llega al nivel de los techos. En la noche, se encienden grandes fogatas en el atrio de la iglesia, alrededor de las cuales los pintos harán círculos para aguantar el frío de la madrugada.

Viernes Santo.
Al salir el sol siguen danzando con frenesí pintos y soldados. Los espectadores, vistantes, habitantes del pueblo y familiares de los danzantes colman la explanada. La misa de la mañana no llena la iglesia, las procesiones atraen más concurrencia. Al final de la tarde, una procesión cargando el Santo Entierro -una imagen del Cristo envuelta en una cobija y atada a un tronco de árbol a la manera de los entierros rarámuris- sale de la iglesia y se dirige al panteón, seguida por todos los presentes: pintos al ritmo de sus tambores, fieles y espectadores.
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Mientras tanto, unos pintos fabrican el Judas: un muñeco de paja, con pantalones de mezclilla, sombrero y botas, que pasean en el pueblo en medio de risas y bromas subidas de tono.

Al caer la noche, la tensión aumenta en el atrio, es casi palpable. Muchos danzantes dan muestras de cansancio, los más jóvenes han desaparecido, algunos tienen dificultad para seguir el ritmo: se murmura que la tesgüinada -el tesgüino es la cerveza de maíz, bebida tradicional de los rarámuris- ha empezado en la casa de los abanderados y que unos mestizos están vendiendo “Orenday” -tequila- a la salida del pueblo. Las cajitas de “Faros”, regalo de los visitantes o retribución de los fotógrafos a sus extraordinarios modelos, circulan alrededor de las fogatas.

Reunidos en el patio de una casa del pueblo, un pequeño grupo de personas esperan en silencio a los “pascoleros”, protagonistas de una ceremonia que durará toda la noche.

Los dos hombres, un anciano y uno más joven, llegan descalzos y vestidos solamente de una zapeta blanca. A la luz de una fogata, los pintores cubren el cuerpo de los dos hombres de una capa de polvo blanco. Arrojan tesgüino a los 4 puntos cardinales antes de repartir unas jícaras entre los presentes. Los pascoleros bailan en círculos en torno a una pequeña cruz forrada de ramas de pino, uno atrás del otro, pisoteando rítmicamente y haciendo sonar los cascabeles que llevan atados en la cintura.

Un violín acompaña esta danza armoniosa, alegre y delicada. Los pintores dibujan minuciosamente con mezclas de tierra de color rojo y negro unas cruces en el pecho, en la espalda, en las articulaciones. Mas tarde, dibujarán líneas y puntos de manera que cada pascolero quede como el negativo del otro. A cada etapa del maquillaje, se distribuye tesgüino y se baila alrededor de la cruz.

Sábado Santo.
8 de la mañana: Unos pintos esperan a la puerta de la iglesia la llegada de los pascoleros. Otros duermen, ebrios o exhaustos. Los pascoleros se dirigen a la iglesia, escoltados por 4 hombres que lanzan gritos de coyote.

Dan varias vueltas en la nave de la iglesia, danzando al ritmo del violín. Una multitud los espera a la salida para la quema del Judas que los soldados arrebatan a los pintos y sientan a la puerta de la iglesia. La atmósfera es eléctrica, la gente bromea, grita, insulta al Judas. Los soldados lo atacan con sus lanzas y le prenden fuego en medio de la alegría general.

3 de la tarde.
Una tolvanera da vueltas en el atrio desierto.
Dos mujeres rarámuris, la mirada inexpresiva, están sentadas al lado de un pinto tirado en una esquina. El viento trae por instantes el sonido de los tambores de los grupos que regresan a sus comunidades: la fiesta no está terminada, más bien está empezando en las rancherías. Durará hasta el agotamiento de las ollas de tesgüino, por los menos 4 ó 5 días más.

Cómo llegar a Norogachi:

-En automóvil particular: En la carretera entre Creel y Guachochi, desviarse a la altura de Rocheachi (30 Km. de terracería en buen estado hasta Norogachi).

-En camión: Hay varios camiones por día entre Creel y Guachochi. Bajar en Rocheachi, donde hay que esperan un taxis ($300 MX aprox. hasta Norogachi).

Dónde comer y dormir:
Hay hoteles y restaurantes en Guachochi. Es posible encontrar comida y alojamiento en Norogachi, por ejemplo en la casa de la Señora Luisa Espino (después de pasar el puente, tomar la primera calle a la izquierda y seguir hasta la tienda de la Señora Espino).

Cómo visitar Norogachi:
Durante la fiesta es necesario pagar la contribución que piden las autoridades indigenas para tomar fotografías. El resto del año es indispensable siempre pedir permiso antes de tomar una fotografía.

Referencias:
-Danzar o Morir. Religión y resistencia a la dominación en la cultura Tarahumara. Pedro J. de Velasco de Rivero, SJ
Iberoamericana Puebla y México. ITESO

-Misiones Jesuitas en la Tarahumara siglo XVIII. Ricardo León Garcia. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

Tarahumara.com.mx
Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.
Secretaría de Turismo de Chihuaha.
Municipio de Guachochi.
Fundación Tarahumara Jose A. Llaguno.
Sierra Tarahumara WWF.

Texto Anne Bonnefoy
Fotografía Anne Bonnefoy

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Última actualización de información: Junio 2007

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