La carretera que, desde Querétaro, se dirige a la Sierra Gorda pasa por el pueblo de San Pedro Tolimán, centro de un rombo imaginario delimitado al sur por la
Peña de Bernal, al Oeste por el Cerro Zamorano, al Este por el Cerro Frontón y al Norte por el Cerro Boludo.
El espacio así definido no tiene homogeneidad física, está compuesto de tipos de paisajes muy variados, tierras bajas y zonas montañosas, zonas fértiles y zonas semi-desérticas. Pero dentro de este territorio de invisibles fronteras convivieron Chichimecas o Pames, los originales habitantes del lugar, con Otomíes y Españoles. Y en este lugar se desarrolló una cultura socio religiosa singular, producto del sincretismo entre estos tres grupos humanos.
San Pedro Tolimán -en náhuatl “lugar donde abunda el tule”- fue fundado como presidio en 1532. Al igual que los presidios vecinos de Cadereyta y Vizarrón, tenía como propósito tanto la protección de la recién fundada ciudad de Querétaro como la conquista y la pacificación de la Sierra Gorda. Los Españoles llegaron con unos frailes franciscanos quienes fundaron el convento de San Pedro Tolimán y unos aliados indígenas, los otomíes de la región de Xilotepec.
Ellos se asentaron en la región, y particularmente alrededor de San Pedro y San Miguel Tolimán.
La pacificación fue muy lenta, los Pames oponiendo una tenaz resistencia a los invasores desde las lomas donde se refugiaron. Fue hasta el principio del siglo XVIII cuando los frailes lograron bautizar en San Miguel Tolimán al primer Pame quien recibió el nombre de Bartolomé Sánchez; en este sitio, cuenta la tradición, se edificó la capilla conocida hoy como de Don Bato. Los inconformes con la nueva religión se internaron en la Sierra Gorda, en el territorio montañoso que se extiende desde
Santa María Acapulco hasta San Luís de la Paz, donde se hicieron olvidar sin jamás rendirse.
San Pedro Tolimán es cabecera de un municipio de alrededor de 25,000 habitantes que cuenta con dos Tolimanes más: San Pablo y San Miguel Tolimán, además de varios ranchos y pueblitos en las laderas de las montañas -Maguey Manso, Bomintza, Mesa de Ramírez, el Saucito, entre otros.
Las capillas - oratorios familiares.
Las capillas-oratorios no son exclusivas de la cultura otomí-chichimeca, sino que existen también en unas comunidades mazahuas del Estado de México. Sin embargo, la mayor concentración de capillas la tiene el municipio de San Pedro Tolimán -cerca de 200 capillas inventariadas- y en este municipio, los pueblos de San Pablo y San Miguel Tolimán.
Los habitantes de estos pueblos están divididos entre “descendencias” o sea entre linajes (Don Diego, Reséndiz, Sánchez, Luna, etc); cada descendencia, según su tamaño, construyó una o varias capillas. Las capillas pueden llevar el nombre de la descendencia (Capilla de los Granado), el nombre de su constructor (Capilla de Don Bato) o su profesión (Capilla del Pintor) o describir un lugar (Capilla Nd
odo Chica/Piedra Chica). Están dedicadas a diversos santos o santas, la Virgen de Guadalupe o la Santa Cruz.
Son construcciones pequeñas (desde 3 metros de largo hasta 15 metros para la más grande) con bóveda de cañón corrido, hechas de piedras pegadas con tierra o con cal. Los gruesos muros son lisos y la decoración exterior escasa: ocasionalmente, la puerta tiene un marco de cantera labrada o un dintel con algún motivo de argamasa. El estilo de construcción es característico del siglo XVIII, pero cuando han conservado sus fechas de construcción, éstas apuntan al siglo XIX y hasta al siglo XX - 1843 en la Capilla de Don Bato, 1913 en la Capilla de la Peña. En San Pablo, los dueños de la Capilla de los Roque afirman que ha sido edificada en el año 1806, lo que haría de esta capilla la más antigua de la zona.
Frente a la puerta de la capilla, que sea lateral o frontal, se encuentra el calvario, cubo de mampostería con un nicho que contiene alrededor de una gran cruz, varias cruces pequeñas. El calvario está rematado por otra cruz o una pequeña cúpula; en San Pablo, esta cúpula se llama “granada”, una fruta que crece en abundancia en la región. El calvario marca el lugar donde murió el antepasado fundador de la descendencia, el hombre “meco” o la mujer “meca”, o sea chichimeco o chichimeca, y allí se le rinde culto. Unos muros bajos uniendo capilla y calvario delimitan un patio parecido al atrio de una iglesia.
Las capillas tienen en general poca iluminación, la escasa luz llega a través de una linternilla en el techo o de un ojo de buey con aberturas formando una flor o un sol. Todas cuentan con un altar sobre el cual ha sido depositada una gran cantidad de pequeñas cruces de madera tallada o pintada -representando a los “xitas”, los antepasados muertos- junto a flores de papel, guirnaldas y veladoras. Las imágenes de los santos a los cuales está dedicada la capilla han desaparecido o han sido trasladadas al altar familiar dentro de la casa.
Varias capillas -de Don Bato, de San Diego, Nd
odo grande, de los Luna, Reséndiz, del Pintor, entre otras- han conservado sus pinturas originales: paredes y techo están recubiertos de dibujos ingenuos de color rojo veneciano, ocre, negro, azul y blanco. Sus autores han representado escenas cristianas o elementos de la naturaleza -sol, luna, ciervos, estrellas-. La linternilla es el corazón de una enorme flor de cuatro pétalos, en los cuales han sido incrustados platones de Talavera. Entre muchos motivos interesantes, podemos mencionar los ángeles músicos de la Capilla de los Luna, la Cruz “espinada” otomí de la Capilla de San Diego y la cortina “a la italiana” que se abre arriba del altar de la Capilla de Nd
odo Grande.
Una tal concentración de capillas lleva al visitante el menos curioso a interrogarse sobre el origen de esta epidemia arquitectónica. Lo más probable es que los Franciscanos hayan alentado a la construcción de las capillas para cristianizar el culto otomí a los ancestros. De parte de sus constructores, la capilla debió de representar tanto una fuente de prestigio social como una manera encubierta de preservar y transmitir sus creencias. De cierta manera, ambos han logrado su propósito y hasta el día de hoy, se siguen llevando a cabo en las capillas muchas ceremonias, unas ligadas al calendario católico y otras a cultos locales o eventos familiares -despedida de la novia de su descendencia, velorios, rezos y velaciones de danzantes-.
No todas las capillas se encuentran en buen estado, se ve más de una con su bóveda cuarteada o arruinada. Algunas sirven de casa habitación -la antena de televisión emergiendo de la linternilla- otras de bodega o de corral.
Recientemente, empezó un programa de restauración con fondos públicos y algunas capillas en San Pablo como el San Miguel han sido arregladas, tal vez en demasía.
El levantamiento del Chimal (escudo) en la Fiesta patronal de San Miguel Tolimán.
La Fiesta de la San Miguel a finales de septiembre congrega a todos los habitantes del pueblo, incluso muchos de los que viven en otras ciudades o han emigrado a Estados Unidos. Su organización está a cargo de tres mayordomías: la mayordomía de los Cargueros -que fabrican y levantan el Chimal-, la mayordomía de la Danza de San Miguel y la de los Xitales. Los preparativos inician desde el mes de mayo con la formación de las cinco cuadrillas de danza, cada una representando un barrio y teniendo a su cargo un San Miguel Peregrino, réplica del original que se encuentra en la iglesia. El San Miguel “original” es una pequeña figura, de tez muy morena y casco dorado, que, según la tradición, ha sido traído por los primeros franciscanos que llegaron a la región.
Durante los seis días de la fiesta, los danzantes -niños y niñas de entre 6 y 14 años- ejecutan la Danza de la Conquista. Están divididos entre Españoles (Cortés, Alvarado, Tejada, Solís, Alférez, “Roja”, soldados, Españolas), vestidos de un sencillo traje azul marino con listones de color en el costado, e Indios (Chimal, Monarca, Cuauhtémoc, Tlaxcala, Texcoco, Chalco, Malinches, princesas y flecheros).