El pueblo de Tepapayeca, escondido en los cañaverales de los límites del Estado de Morelos y del Estado de Puebla, no es fácil de encontrar. No está mencionado en los mapas, no está señalizado por ningún letrero y este día, 2 de febrero, la carretera de Tlapanalá, cabecera del municipio al cual pertenece Tepapayeca, se encontraba desierta, sin nadie para orientar al visitante extraviado. Estábamos ya dudando hasta de la existencia del pueblo cuando aparecieron unas columnas de humo en el cielo. Guiados por el ruido de los cohetes, llegamos por fin al zócalo de Tepapayeca donde se encontraba reunida toda la comunidad: este día, el pequeño pueblo estaba celebrando a su santa patrona, la Virgen María.
Tepapayeca -cuyo nombre en náhuatl significa "Casa cercada de piedras" está situado en la Coatlalpan prehispánica, la tierra de las serpientes, un punto de encuentro entre tres regiones: la cuenca de México y los actuales Estados de Guerrero y de Oaxaca. Debido a su ubicación estratégica, el Señorío de Tepapayeca era un mercado importante: según un documento del siglo XVI, la Suma de Visitas, "la cabecera con todos sus barrios y estancias tiene mil doscientas cuarenta y siete casas y en ellas hay mil setecientos cuarenta y cinco hombres casados con sus familias", es decir mucho más que la población actual.
Después de la Conquista, los Agustinos y los Dominicos se compartieron el trabajo de evangelización de la Coatlalpan: los primeros se establecieron en Chietla y Chiautla, los segundos en Izúcar de Matamoros, una etapa en su camino hacia la región de Oaxaca y del Istmo, donde fundaron un enorme convento. En los alrededores de Izúcar, los Dominicos se hicieron también presentes en varios centros poblacionales, entre los cuales Tlapanalá y Tepapayeca, edificando en el último un convento dedicado a la Purificación de la Virgen María alrededor del 1550.
Quizás porque las estructuras prehispánicas no alcanzaban a soportar el edificio que tenían planeado, o por otra razón que ignoramos, los Dominicos no construyeron el convento de Tepapayeca encima de estas. Tampoco las arrasaron como lo hicieron en tantos otros lugares, sino que utilizaron una parte de sus piedras para la construcción del templo y del claustro y cristianizaron el sitio levantando una capilla, hoy desaparecida, encima de una de las construcciones restantes. Sobrevivieron dos basamentos piramidales que se pueden apreciar a unos 200 metros del convento.
El conjunto dominicano que vemos hoy no debe ser muy diferente del edificio original, son pocos los elementos posteriores al siglo XVI que se le han añadido desde entonces. Restaurado en los años 70s, ha sido repintado recientemente, de un bonito tono amarillo. El templo y el claustro son de pequeñas dimensiones, probablemente el conjunto fue concebido como "visita" por los Dominicos establecidos en el convento de Izúcar, a escasos 10 Km. de Tepapayeca.
La comunidad cristiana festeja desde sus orígenes el cuadragésimo día del nacimiento del Jesús, día de su Presentación en el Templo y de la Purificación de su madre, la Virgen María. En España, se conoció como
Fiesta de la Candelaria por las candelas o velas que se bendicen en esta ocasión y llegó bajo este nombre al Nuevo Mundo.
Sin embargo, en México, la fiesta de la Candelaria se desarrolla más en torno al Niño Dios, venerado todo el año a través del culto a los Niños Milagrosos reconocidos por la Iglesia como el
Niñopa en Xochimilco, el
Santo Niño de Atocha en Zacatecas, el Niño Mueve Corazones en la Ciudad de México, el Niño Doctor en Tepeaca, entre muchos otros, o tolerados por ella, como el Niño Cautivo de la Catedral Metropolitana, al cual invocan las víctimas de secuestro.
La religiosidad popular ha inventado un ritual complejo de celebración de la Candelaria. Se enriqueció al filo de los años hasta llegar a su forma actual: la persona que ha encontrado "el muñeco" escondido en la rosca del día de Reyes tiene que ofrecer tamales y atole el 2 de febrero a la familia anfitriona. Y si esta posee una figura del Niño Dios, adquiere un compromiso adicional: ser el padrino o la madrina del Niño durante tres años. Después de "levantar" del nacimiento la figura del Niño el 2 de febrero, el padrino o la madrina lo tiene que vestir: con ropa de recién nacido el primer año, de santo, niño milagroso, obispo el segundo año, de Rey o de Santo Niño de Atocha el tercer año y llevarlo a la misa del Día de la Candelaria para su bendición, junto con velas y en las zonas rurales, semillas.
No se sabe con exactitud el origen de la costumbre de vestir la figura del Niño Dios -según Judith Katia Perdigón Castañeda
(1), "todo parece indicar que deriva de una tradición conventual femenina"- ni porqué se le viste el 2 de febrero y no el 25 de diciembre. En cuanto al significado de la costumbre, Katia Perdigón observa que "además de ser intentos de mejorar la ... apariencia de la escultura, es una manera de substituir lo viejo por lo nuevo ... es un acto de renovación"
(2).
El ritual cambia constantemente y cada año aparecen "nuevos Niños Dios", futbolistas, marineros, charros o policías, y nuevos vestidos: se han catalogado unos 109 trajes recientes sobre un total de 122 "modelos"
(3) en venta. La fiesta de la Candelaria, una de las fiestas religiosas más populares en México, se celebra con particular solemnidad en los lugares donde se veneran los Niños Milagrosos y obviamente en las iglesias dedicadas a la Candelaria.
Este 2 de febrero, el pueblo de Tepapayeca estaba ultimando los últimos preparativos de la fiesta: en los portales de la iglesia, unas mujeres hacían la comida que sería ofrecida después de la misa a toda la comunidad y a los visitantes, el cohetero apilaba ramilletes de cohetes en el atrio y se formaban filas frente a los puestos de pan tradicional. Pero no se veía ningún Niño Dios en ninguna parte, ni siquiera en los brazos de los fieles que se dirigían al templo para la misa.
La explicación la encontramos al entrar a la iglesia: encima del altar principal, se habían colocado, a manera de flores, un centenar de Niños Dios vestidos de blanco y azul, a los pies de la Virgen María que los observaba desde el centro del retablo. La capilla lateral reservaba otra gran sorpresa: una multitud de Niños Dios, acomodados de cada lado de una estrecha alfombra roja, colmaban el pequeño espacio. Un rayo de sol, curioso, se asomaba por la ventana, iluminando cientos de rostros sonrientes y estereotipados, pestañas postizas y encajes de hilo metálico. Unas mujeres trataban en vano de encontrar un lugar entre los Niños para agregar unos más, desplazando jarrones de gladiolos rojos y cestas de semillas y velas.
Se encontraban reunidos Niños de todos tamaños y colores, sentados en sillas doradas, acostados en cesta de mimbre o parados, de todas advocaciones, vestidos de recién nacidos, de obispos, de Juan Diego, de Niño Doctor, de San Judas Tadeo, de Niños de Atocha con sus accesorios, sombreros, capas, juguetes, bules, estetoscopios, bastones, mitras, coronas, aureolas, flores ... Niños "tradicionales" más que Niños "de moda".
El conjunto creaba una extraña ilusión óptica: desde el nivel de los Niños, el ojo transformaba la capilla en una catedral, mientras que desde el nivel "humano", la reducía a casa de muñeca.