Sea cual fuere su punto de partida -el Estado de Zacatecas, de Aguascalientes o de San Luís Potosí- el viajero que se dirige al pueblo de Pinos tiene que internarse en el desierto del Gran Tunal.
El Gran Tunal, la antigua morada de los huachichiles, se caracteriza por una escasa vegetación de altos yucas y espinosos matorrales y unas inmensas llanuras, de las cuales emergen de tanto en tanto, como islas, unas mesetas rocosas. En el este del triángulo delimitado por las capitales de los tres estados, se encuentra la Sierra de Pinos, y en una de sus laderas, el pueblo del mismo nombre, construido en el lugar donde fueron descubiertas las primeras minas de oro y plata, a unos 2700 metros de altura.
Pinos, una etapa importante del Camino de la Plata o Camino Real de Tierra Adentro conectando la ciudad de México con Santa Fe, fue fundado el 12 de febrero de 1594 bajo el nombre de “Real de Nuestra Señora de la Purísima Concepción de Cuzco y Descubrimiento de Minas que llaman de la Sierra de Pinos”. Cambió varias veces de nombre en el transcurso de la historia y llegó a nuestra época bajo el sencillo nombre de Pinos, recuerdo de los bosques que cubrían la sierra y cuya madera fue usada en la fundición de los metales.
En 2005, la poetisa Amparo Dávila describía Pinos, su pueblo natal, como “un viejo y frío pueblo con un pasado de oro y plata y un presente incierto de minas y tiros abandonados … Situado en la ladera de una montaña y como rodeado de nubes, parece algo irreal con sus altas torres, las calles en pronunciado declive y largos y estrechos callejones”. Aunque no es un pueblo fantasma, Pinos sigue suscitando en sus visitantes esta sensación de irrealidad que recalca la poetisa. Quizás por su extraño emplazamiento entre cielo y tierra, quizás por el viento que recorre permanentemente sus calles -helado y húmedo en la mañana, tibio y cargado de los olores del desierto en la tarde-, quizás por las nubes que a menudo invaden y silencian sus calles; o quizás también, por las ruinas románticas de sus haciendas que parecen salidas de algún grabado del siglo XIX.
El Pinos actual -con sus 8000 habitantes- está dividido en tres barrios: el centro, el barrio de la Cuadrilla, y el barrio de Tlaxcala.
El Centro concentra los monumentos principales alrededor de tres jardines, la Plaza de Armas, el Jardín de las Flores con sus altos portones porfirianos y el Jardín Benito Juárez. El lado norte de la Plaza de Armas está ocupado por el templo y el convento de San Francisco. El templo, un edificio sencillo y elegante, alberga la imagen religiosa más venerada de la región, un Cristo curiosamente denominado Nuestro Padre Jesús. El patio del convento ha sido objeto hace poco de una restauración cuidadosa: las pinturas de los arcos y de las columnas han sido reconstituidas con los mismos pigmentos naturales utilizados por los artistas indígenas del siglo XVII. Le hace frente del otro lado de la Plaza la parroquia de San Matías, cuya edificación empezada al final de siglo XVII nunca fue concluida. Presenta unos detalles arquitectónicos interesantes: una fachada muy barroca de piedra rojiza y unos dibujos de personajes y animales fantásticos hechos de “piedras rejoneadas” en sus paredes exteriores, muy parecidos a los que se encuentran en la región de Puebla (por ejemplo
la Casa del Diablo en San Luís Tehuiloyocan). Los antiguos portones, la torre del reloj y el kiosco rodeado de bancos de hierro colado terminan de componer la imagen perfecta de un zócalo mexicano del siglo pasado, el escenario ideal para cualquier película “histórica”.
Un paseo por las calles que rodean el centro permite descubrir las ruinas de unas haciendas mineras -como la Hacienda Grande y su acueducto- donde se beneficiaba el mineral extraído de las minas del Barrio de la Cuadrilla, casonas del siglo XIX, antiguas tiendas (La Brisa en una esquina de la Plaza de Armas), grandes mesones así como mil detalles decorativos que reflejan la riqueza pasada del pueblo: claves de arco esculpidas, rejas de ventanas y barandillas de balcones de hierro forjado, clavos de puerta de bronce representando animales fantásticos… Los cipreses que adornan las principales calles, recuerdo de los pinos desaparecidos de la Sierra, resisten con valentía a los crudos inviernos que golpean el pueblo.
El barrio de la Cuadrilla, situado en la parte alta del pueblo, fue la zona principal de explotación minera. Todavía subsisten las ruinas de varias haciendas mineras y sus altas chimeneas, como la Hacienda de la Purísima, de San Ramón, de la Candelaria o del Tiro General. La Cuadrilla era también un barrio alfarero hasta el principio del siglo pasado. Hoy en día, la familia Lara Limones perpetua la tradición con modelos antiguos -los pinos de cerámica destinados a los altares de Dolores- o con creaciones propias.
Desde el punto más alto de la Cuadrilla, se descubre el Gran Tunal en toda su extensión. Durante el día parece deshabitado, pero las luces que se encienden al caer la noche revelan la presencia de muchas comunidades compartiendo sus tierras inhóspitas.
El tercer barrio,
El Barrio de Tlaxcala, del otro lado del arroyo, fue fundado por indígenas tlaxcaltecas -provenientes del Señorío de Quiahuixtlan- quienes llegaron con los españoles y les ayudaron a pacificar los huachichiles, mediante la “paz de compra”: alimentos, herramientas y ropa a cambio del abandono de las armas. El barrio se construyó alrededor del templo dedicado a la Inmaculada Concepción, una sencilla Ermita al principio, reemplazada al final del siglo XVIII por el edificio que existe ahora. Los descendientes de los primeros pobladores han conservado algunas de las tradiciones de su lugar de origen: así se explica la decoración de piedras rejoneadas en la Parroquia o los bailes de Matlachines que acompañan todas la festividades.
El Barrio de Tlaxcala, el “barrio mitotero” de Pinos, tiene fiestas religiosas todo el año pero la más esperada es la Fiesta de los Faroles, que se celebra sin interrupción desde el año 1601. Don Juan Marín Álvarez supervisa desde hace varias décadas su organización y la decoración de la calle principal del barrio con los tradicionales faroles -unas sencillas estructuras de maderas forradas de papel de china de todos colores- y las cazuelas de sebo que se colocarán en las azoteas y balcones de la calle principal del barrio.