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Pahuatlán y San Pablito

Un espacio de convivencia entre Nahuas y Otomís
(Estado de Puebla)

El pueblo de Pahuatlán fue fundado en 1532 por unos frailes agustinos. Sin embargo, su historia se remonta a los tiempos prehispánicos.

El territorio de lo que es hoy el Municipio de Pahuatlán formaba parte del antiguo reinado del Totonacapán. Cuando los Totonacas empezaron a retirarse de la sierra, la zona fue ocupada por Nahuas y Otomís o -ñähñus como se llaman a si mismos- que se disputaron el territorio hasta la llegada de los frailes.

La tradición oral cuenta que estos obligaron a 50 jóvenes Nahuas a casarse con jovencitas Otomís, y a 50 jóvenes Otomis a casarse con jovencitas Nahuas. Leyenda o no, la presencia de los frailes puso fin a la guerra entre las dos etnias y se produjo un cierto sincretismo entre las culturas Totonaca, Nahua y Otomí. A pesar de eso, las etnias nunca se integraron: Hoy en día subsiste el enclave Otomí de San Pablito en medio de una zona Nahua y mestiza.

El nombre de Pahuatlán viene de “pahua”, nombre Nahua para designar un tipo de aguacate que se produce en la región. Para los Otomís, Pahuatlán es Matsooni, “tsooni” significando aguacate en idioma ñähñu.

El municipio de Pahuatlán no tiene zonas arqueológicas importantes -unos montículos y algunas ruinas que atestan la antigüedad de la presencia humana en su territorio- tampoco monumentos coloniales notables: la sencilla iglesia de Santiago Apóstol -1652- y unas bonitas casas en la plaza principal del pueblo.

Su atractivo reside en sus magníficos paisajes, las tradiciones de sus habitantes y el ambiente mágico en que viven todavía la mayoría de ellos.

El mercado del domingo es un buen lugar para impregnarse de la atmósfera del lugar. Las comunidades vienen a ofrecer a la venta este día la gran variedad de productos que el suelo fértil de la zona y su clima húmedo les permiten cultivar: toda clase de verduras y frutas, aguacates, tabaco, cacahuates, vainilla, caña de azúcar, café y hongos que se agregan a los cultivos tradicionales de maíz, frijoles y chile. Se encuentran también en el mercado verduras extrañas, raíces y hierbas medicinales desconocidas, con nombres indígenas que se tienen que anotar para no olvidarlos inmediatamente. Muchos vendedores y compradores llevan la indumentaria tradicional: camisa y calzones de manta, huaraches para los hombres, blusa bordada para las mujeres Nahuas y quechquemitl para las mujeres Otomís.

Algunos de los vendedores usan una balanza, la mayoría de ellos mide los granos o los cacahuates con las tradicionales “sardinas” o con unas medidas de madera. Los vendedores de maíz -instalados frente al Palacio Municipal- usan el tradicional almud, de borde anterior inclinado como proa de trajinera. Aunque no falte algún puesto de venta de música que se promueva con poca discreción, el lugar es extrañamente apacible, los vendedores no interpelan a los clientes, se intercambian noticias y mercancías sin levantar la voz: más que un mercado, es un lugar de encuentro que ha permanecido sin grandes cambios durante varios siglos.

En los portales que dominan la plaza, unos puestos sirven comida o café para acompañar las tlayulas, los itacates o meminques comprados en el mercado.

Una calle en fuerte pendiente que sale de una esquina de la plaza conduce al Parque de los Muertos. La tradición afirma que ahí enterraron a los soldados de Maximiliano caídos en una emboscada cerca del pueblo. La recompensa es una vista muy bonita del pueblo y de las montañas que lo rodean.

Se llega por un camino de terraceria a la zona Nahua -Xolotla, Atla, Mamiquetla y Atlatongo-. Entre los pueblos de Atla y Altlatongo, la carretera ofrece vistas espectaculares sobre la barranca. Las casas del bonito pueblo de Atlatongo -algunas de adobe y techo de palma- se encuentran diseminadas en la ladera soleada del cerro, donde subsiste también una modesta capilla del siglo XVII. Existen en esta zona varias grutas donde los lugareños realizan todavía rituales mágicos y no es raro encontrar ofrendas con velas cerca del río o en pequeños altares improvisados en el monte. En un acantilado, se puede admirar unas pinturas rupestres prehispánicas que los lugareños llaman “El paso de Xolotl”.

San Pablito y el papel amate.
Muy diferente es el pueblo Otomí de San Pablito.
Con sus casas recientes de ladrillos y techos de zinc, edificadas sin orden aparente, se presenta a primera vista mucho menos atractivo. Pero ahí sobrevive una artesanía que desapareció en otra parte: la fabricación de papel amate, que se utilizaba en grandes cantidades antes de la llegada de los españoles.

La técnica de producción no ha cambiado desde entonces: la corteza de unos árboles se cuece con cal y ceniza hasta que esté blanda. Las fibras se enjuagan, se disponen en una tabla de madera y se machacan con un aplanador -produciéndose un golpeteo que sale de todas las casas- para formar una hoja que se deja secar al sol.
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Las cortezas utilizadas son las del árbol de jonote rojo para el papel de color café, de xalamátl para el papel blanco, de mora para el papel de color crema.

Estos árboles ya no se encuentran en la región y las cortezas se tienen que traer de afuera.
Desde hace poco tiempo, se usa el tule para elaborar papeles más gruesos y tintes para obtener una amplia gama de colores. Si el papel amate ha sobrevivido en San Pablito es porque tiene fines rituales.

Los chamanes, brujos o curanderos lo recortan para crear figuras mágicas: “espíritus”, “camas” o animales, utilizadas en rituales agrícolas -las “costumbres”-, curaciones o ceremonias de magia blanca o negra.

El papel blanco es “bueno”, y se usa para recortar figuras de los espíritus buenos, representados con los pies descalzos: son los espíritus de las semillas, de la Madre Tierra, del Señor del Monte y de la gente buena en general.

Las figuras de papel oscuro son “diablos”, espíritus malos. Tienen dos caras de perfil, varios brazos, a veces cola y llevan zapatos: representan el Presidente de los Infiernos, el Juez del Purgatorio, la Sirena Mala, los mestizos o toda persona mal intencionada. Estas figuras son partes del mundo de San Pablito, donde la magia domina todavía la vida de la gente: En un pueblo de 3000 habitantes, se estima a 150 personas el número de chamanes, curanderos o hechiceros.

Los lugareños se muestran muy reservados hacia los visitantes: sólo los niños y los vendedores -que vienen a proponer hojas de papel, figuras de papel blanco y toda clase de artesanía de chaquira- se acercan. Su actitud hacia el mundo exterior que los considera como folklóricos sobrevivientes de tiempos pasados o pasivos objetos de estudios antropológicos se entiende muy bien.

Sin embargo, con un poco de suerte y de tiempo, se rompe la barrera y aparecen las sonrisas. Es imposible conocer en un sólo fin de semana todos los recursos turísticos de Pahuatlán. La naturaleza es magnífica y ha permanecido hasta ahora al margen de un desarrollo destructivo. Se puede realizar muchas actividades deportivas, excursiones -grutas, ríos, pozas- o espeleología. Para los interesados en lo cultural, las numerosas fiestas -festival del Huapango, fiestas de Semana Santa o de los muertos- representan buenos momentos para visitar este lugar que llegó a nuestro siglo con unas creencias y unas tradiciones de otros tiempos y de otra realidad.

Cómo llegar:

-En automóvil particular: Tomar la autopista México - Tuxpan. Salir en Tulancingo y tomar la carretera 130 en dirección a Huauchinango. En San Pedro, se encuentra una desviación a la izquierda hacia Honey y Pahuatlán.

-En transporte público: Tomar un autobús en la central camionera del Norte de la Ciudad de México con dirección a Tulancingo. De ahí salen camiones para Pahuatlán cada media hora.

Dónde comer y dormir:
Existe un hotel, el San Carlos
Tel: 01 (776) 752 05 70 y 752 05 02

La Posada Ollín Calli. Tel: 01 (776) 75 207 36.

El hotel San Carlos tiene restaurante.
El domingo, se puede desayunar en el mercado.
Existen también varios restaurantes populares que sirven una comida sabrosa. Hemos probado el de Doña Chea, a la entrada del pueblo, y el de Doña Güina, que tiene una bonita vista sobre la plaza.

Cómo llegar a Atla y San Pablito:
De la cabecera, salen varias combis al día para estas comunidades.

Información sobre turismo y actividades eco-turísticas:
El numero de teléfono de la Municipalidad es:
01(776)752-0505 y 20618. Preguntar por Malcom Távira, Coordinador de Turismo Municipal.

Referencia:
Secretaría de Turismo de Puebla
Municipios de Pahuatlán
La feria de Pahuatlán Semana Santa

Texto Anne Bonnefoy
Fotografía Anne Bonnefoy

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Última actualización de información: Febrero 2007

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