A una hora de Pachuca, pasando el pueblo de Atotonilco, la carretera comienza a descender por estrechas curvas hasta el puente de Venados. Allí se deja a la derecha la carretera que conduce a Molango y Tampico para entrar a la Barranca de Metztitlán, un cañón excavado por el río Metztitlán, cuyas aguas desembocan en una gran laguna, a unos 30 Km. más al noroeste.
Al entrar a la Barranca, sorprende el contraste entre el cobrizo de los cerros, donde sobreviven solamente cactáceas y suculentas, y el verde de la vega, plantada de nogales y otros frutales, bajo los cuales prosperan hortalizas y verduras. Por todos lados corren canales de riego alimentados por las aguas del río y de los manantiales que brotan de los cerros.
Poco a poco, la vega se ensancha y las montañas que dominan la ribera opuesta se alejan. La carretera zigzaguea del lado este de la Barranca entre zonas de cultivo y caseríos construidos al pie de los cerros, por arriba de la vega, para evitar tanto los riesgos de inundación como el desperdicio de tierras fértiles.
En San Pedro Tlalmanalco, encontramos el primer indicio de la presencia agustina en la Barranca -una iglesia de extrañas proporciones-. Fue al parecer el primero edificio religioso que construyeron los agustinos al llegar a la Barranca alrededor de 1536. Poco tiempo después, se produjo una gran inundación que anegó el edificio. Hoy en día, la mitad inferior de la iglesia y las construcciones adyacentes se encuentran bajo varios metros de sedimentos abandonados por las aguas de las inundaciones que se han sucedido desde entonces. Se entra al edificio por lo que fue originalmente la ventana del coro. La nave, cuyo piso desprende un penetrante olor a húmedo, se encuentra totalmente vacía con la excepción de un altar de estilo popular pintado con colores fuertes y de restos borrosos de pinturas murales.
Unos kilómetros después, aparece la espadaña de otra capilla antigua, la de Santa María Magdalena Jihuico, que ha sido construida -por más precaución- en un promontorio rocoso arriba de la vega. El pueblo cercano de Jilotla conserva otra bonita construcción agustina.
La altura de los cerros sigue elevándose a medida que uno se adentra más a la Barranca, sus laderas erosionadas dejando a la vista las impresionantes deformaciones de las capas sedimentarías que los componen. De repente, detrás de un gran risco, aparece el pueblo de Metztitlán al pié de un cerro, y encima, la mancha blanca del Convento de los Santos Reyes.
La Barranca de Metztitlán, "lugar de la luna" (de metzli, luna y tlán, lugar) se encuentra en el corredor conectando el altiplano central a la costa atlántica, una ruta tradicional de intercambio comercial. No se sabe a ciencia cierta a que grupo étnico pertenecían los Metzcos, los habitantes del poderoso Señorío de Metztitlán. Unas fuentes afirman que eran Chichimecas, otras que se trataba de Otomíes, otras más que eran aparentados a los Totonacos. El Señorío de Metztitlán resistió con éxito a repetidas tentativas de conquista de parte de los mexicas y se encontraba todavía independiente a la llegada de los españoles. Su centro político y religioso se ubicaba probablemente cerca del actual pueblo de Tepatetipa.
La evangelización del ex-Señorío de Metztitlán al igual que la de la Sierra Alta quedó a cargo de la Orden Agustina a partir de 1536. Los agustinos emprendieron inmediatamente un gran programa de construcción de edificios religiosos, tanto en el pueblo de Metztitlán que escogieron como su cabecera como en los demás pueblos de la Barranca donde edificaron capillas de visita.
En el pueblo de Metztitlán, han sobrevivido tres edificios del siglo XVI, dos conventos erigidos por los agustinos, el de la Comunidad y el de los Santos Reyes, y la Tercena. Muy arruinado, La Comunidad sirve hoy de cárcel para el pueblo. Siendo el primer edificio religioso de Metztitlán fue abandonado -no se sabe exactamente porque, quizás porque la configuración del terreno no permitía ampliarlo- cuando se terminó la construcción del Convento de los Santos Reyes.
Del lado opuesto de la Plaza Central, se encuentra La Tercena, uno de los pocos edificios civiles del siglo XVI que han llegado a nuestra época, junto con la Casa de la Cacica en Teposcolula. Es una pequeña y bellísima construcción, cuyo estilo muy sobrio -los únicos elementos decorativos son un friso de perlas que da la vuelta al edificio, tres columnas ricamente esculpidas en la entrada y unas gárgolas en forma de animales fantásticos- aparenta el estilo renacentista. En el interior subsisten restos de pintura mural. No se sabe cuál era su uso, se especula que pudo ser la casa de recaudación de diezmos y tributos o quizás, la sede del cabildo indígena. La Tercena sufrió daños considerables cuando el pueblo fue afectado por deslizamientos de tierras en 1991.
Desde la Plaza Central, se llega por una calle muy empinada al Convento de los Santos Reyes, un convento-fortaleza que los agustinos edificaron en la cumbre aplanada de una loma. Se erige en medio de un enorme atrio-terraza delimitado por un muro almenado. La iglesia presenta las características habituales de los edificios agustinos del siglo XVI: una -magnífica- portada de estilo plateresco en la cual especialistas reconocen el estilo de Claudio de Arciniega
(1), resaltando sobre una fachada lisa rematada por una espadaña de siete vanos. Se pueden todavía identificar las ruinas de dos capillas abiertas a la izquierda del templo.
Los deslizamientos de tierra de 1991 afectaron también el edificio y se tuvo que inyectar concreto para estabilizar el suelo de la loma que lo soporta, sin obtener resultados definitivos. La bóveda del templo se cuarteó pero se salvaron los frescos y retablos, entre ellos el magnífico retablo de los Santos Reyes (1698).
Los arcos del claustro son de un estilo mediterráneo muy sobrio, los pasillos conservan gran parte de las pinturas murales originales. Un estudio reciente
(2) demostró que los frescos de la escalera han sido inspirados por grabados del artista flamenco Maarten Van Heemskerk. El refectorio conserva otro fresco interesante donde los pintores plasmaron el paisaje que los rodeaba y un friso en el cual alternan medallones con la luna, símbolo de Metztitlán, y medallones con el emblema de los agustinos -un corazón atravesado por flechas nada simbólicas, flechas con plumas, de las que usan los cazadores-.
El conjunto de los Santos Reyes de Metztitlán es uno de los más bellos construidos por los agustinos. Se afirma que a la expulsión del clero regular, cuando se permitió a cada orden conservar dos conventos, ellos escogieron entre todos los de Malinalco y el de Metztitlán.