Cielo que cambia del naranja al rojo mientras el sol se esconde en el horizonte y el mar revienta acompasado a los pies de un acantilado.
Amaneceres lilas y brumosos, pequeñas olas que acarician la tersa arena.
Mazunte, debe su nombre a un cangrejo azul que antaño era muy numeroso en la zona, es una de las playas mas hermosas de la costa de
Oaxaca; pequeño poblado que ha sabido salir adelante, buscando un equilibrio para no acabar con los recursos naturales.
La mayoría de los hoteles y hospedajes que se encuentran ahí, mantienen vivo un esfuerzo por integrarse a la naturaleza que los rodea. Hasta hace muy poco Mazunte y San Agustinillo, fueron uno de los rastros de tortugas más grandes del país. Al cerrarse este, la mayoría de las familias que allí vivían perdieron su fuente principal de ingresos, sin embargo, en un esfuerzo importantísimo, autoridades, pobladores e instituciones privadas, han encontrado recursos para que Mazunte y sus familias logren sostenerse y mejorar su calidad de vida, a base, entre otras cosas, del turismo, de un importante
Centro Mexicano de la Tortuga y de una
cooperativa que hace jabones, cosméticos y otros productos naturales y artesanales.
El paraíso de Mazunte sólo podrá sobrevivir a las embestidas del turismo desconsiderado e inconsciente, en la medida en que cada uno de nosotros decidamos cuidar y apreciar este inmenso esfuerzo y aprender de experiencias tan enriquecedoras. La zona tiene un vasto atractivo natural: Punta cometa, la punta más al sur de la República Mexicana desde donde se puede ver el amanecer y el atardecer. Playa Mermejita: hermosa playa virgen en donde uno puede caminar de día o de noche disfrutando ya sea del sol o de un cielo cuajado de estrellas.
Ventanilla: con su manglar rico en fauna y flora.
Zipolite y las
Bahías de Huatulco -a un poco más de una hora de
camino- por mencionar sólo algunas. Se pueden hacer también
paseos ecológicos en bicicleta o a pie guiados por los habitantes
del pueblo, en los que encontramos a anfitriones amables y alegres que
nos darán acceso a todos los maravillosos recovecos que difícilmente
podríamos encontrar por nuestra cuenta. Y nos relatarán,
si estamos dispuestos a escuchar, las antiguas historias del lugar.
Quisiera aquí contar una de ellas:
Después de ver la puesta del sol en punta cometa, de regreso por
el camino en penumbras, nos encontramos con Don Hipólito, que también
regresaba al pueblo después de haber capturado, entre las rocas
que acaricia el mar, la cena para su familia.
Conversábamos y caminábamos
mientras que el pescador, con ese aire de quien esta versado en las historias
y que se refugia en las sombras de la recién caída noche,
nos contó que en el “mentado corral de piedra”, el
día y la hora del nacimiento del niño Dios, los gallos cantan
y el aventurero puede ver los fuegos de los tesoros que están enterrados
ahí.
En ese lado del monte, antes,
mucho antes, había una fortaleza de piratas. Don Hipólito,
como para darle más realismo a la narración, nos confiesa
que hace poco un Suizo, equipado con un sofisticado buscador de tesoros,
desenterró dos barriles de monedas de oro. Pero las personas
del pueblo, siempre atentas, no dejan que nadie toque lo que no les
pertenece.