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Santa María Acapulco

Una Misión Franciscana en la Pameria: Santa María Acapulco
(Estado de San Luís Potosí)

La Sierra Gorda, bien conocida por sus misiones franciscanas de Jalpan, Tancoyol, Landa, Concá y Tilaco (declaradas en 2003 por la UNESCO “Patrimonio cultural de la Humanidad”) esconde un secreto: La Misión Pame de Santa María Acapulco.

Después de la conquista de la Sierra Gorda por José de Escandón en 1744, los sobrevivientes de los indígenas Pames abandonaron las zonas bajas para refugiarse en zonas montañosas y aisladas de la Sierra Madre Oriental.

La Pameria actual, situada entre los Estados de San Luís Potosí y Querétaro, abarca las comunidades de Santa María Acapulco, La Palma, Alaquines y Ciudad del Maíz. Estos Pames o xi’ui -como se llaman a si mismos- son, junto con los Jónaces de Mesa de Chichimecas -cerca de San Luís de la Paz-, los únicos sobrevivientes de los chichimecas que poblaban antes de la conquista el centro y el noreste del actual territorio de México. Los Pames que vivían más al sur, en los Estados de Hidalgo y Guanajuato, han desaparecido.

Situada en el extremo sur del Estado de San Luís Potosí y del municipio de Santa Catarina, en un lugar de difícil acceso, la comunidad de Santa María Acapulco ha conservado mejor su cultura y sus tradiciones que los demás centros de población. La mayoría de sus 4500 habitantes hablan o entienden el idioma Pame.

Todavía funciona ahí un sistema de gobierno indígena, con un gobernador tradicional elegido -máxima autoridad religiosa- que interviene en la organización civil de la comunidad. Aunque los Pames se declaran católicos, su práctica religiosa conserva rasgos prehispánicos: el Dios Sol, el Dios Venado Mayor y sobre todo el Dios Trueno que hace llover, no han caído en el olvido; mientras que curanderos y hechiceros juegan un papel importante en la comunidad.

El aislamiento de la zona ha permitido también la conservación del extraordinario templo de la misión franciscana de Santa María Acapulco sin mayores modificaciones desde la época de su construcción a finales del siglo XVIII.

Según el historiador Juan Antonio Siller, “el lugar debe su nombre a la advocación del templo dedicado a la Asunción de María (…) y al de Acapulco, que significa donde hay cañas grandes y gruesas”. La misión -según los documentos de la época- fue fundada alrededor de 1740, mientras que la construcción del edificio actual probablemente se inició en la siguiente década.

El templo, rodeado de un amplio atrio, fue construido en la parte alta de una loma pelada.
Es un edificio de gran tamaño, con un portón que se abre hacia el oeste. Sus gruesos muros de mampostería cubiertos de cal conservan las huellas de los andamios utilizados durante la construcción.

Los muros del ábside y de los lados han sido reforzados con contrafuertes. El techo de palma de dos aguas -asimétrico- baja del lado norte casi hasta el suelo, cubriendo el campanario, la entrada lateral al presbiterio y un pasillo que corre a lo largo de la pared desde la fachada hasta el ábside.

La fachada -que el INAH esta restaurando- conserva restos de una decoración a base de motivos geométricos de color rojo. Nueve nichos dispuestos en tres series verticales decoran la fachada, seis de los cuales tienen todavía sus santos de adobe recubiertos de argamasa.
Arriba del portón, un dragón vigila el acceso al templo. Frente a este último, se encuentra la casa cural, un edificio bajo con techo de palma, sin ventanas y con una sola puerta en su centro que ocupa todo el ancho del atrio.

El conjunto sorprende al visitante que conoce las otras misiones franciscanas de la Sierra Gorda con sus apacibles fachadas decoradas con argamasa y pintadas de colores suaves, y que fueron edificadas en la misma época.

El templo de Santa María Acapulco, primitivo, austero, ingenuo, de una gran fuerza de expresión, transporta al visitante dos siglos atrás, a la época de la difícil evangelización de la Sierra Gorda.

Quedan muy pocos ejemplos de este tipo de construcción en América Latina. Se puede mencionar como los más parecidos, unos templos del altiplano Boliviano cerca de Oruro -Sepulturas o Curahuara de Carangas-.

Otra sorpresa espera a la persona que ha obtenido del mayordomo la autorización de entrar a la iglesia.
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Oscuro es el suelo de tierra pisada, oscuros los retablos y los frescos que decoran los muros: a pesar de la altura de la bóveda, se impone al visitante el sentimiento de penetrar en una cueva.

Cuando el ojo se acostumbra a la débil luz proporcionada por las altas y pequeñas ventanas y las velas en el suelo, aparecen los detalles del retablo principal, con su imagen estofada de la Virgen de la Asunción sostenida por una nube de ángeles, rematado con una gran corona dorada.

Este retablo -al igual que los laterales- es de madera esculpida por una mano indígena en el estilo barroco -muy rococó- del fin del siglo XVIII: los motivos vegetales o de ángeles se entrelazan con maestría y dinamismo alrededor de las pinturas. Ciertos motivos de los retablos han sido retomados y ampliados en los frescos que los rodean, confiriendo una gran armonía al conjunto.

Un púlpito de madera policromada y su tornavoz domina la larga nave desierta, sin bancos ni sillas. La bóveda de madera conserva una parte de sus pinturas, donde aparecen santos y fundadores de la orden franciscana. Debajo del coro, una puerta da acceso a un baptisterio con su pila de adobe y argamasa, iluminado por un óculo abierto en la fachada del templo.

El estado de deterioro del templo -santos tuertos o mancos, una imagen del Cristo envuelta en un petate y depositada en un ataúd sin tapa, óleos de los retablos ennegrecidos por el humo, altares laterales abandonados- no le quita su extraña belleza. La atmósfera de profunda religiosidad y de misterio que desprende el lugar es tan intensa que, sin darse cuenta, el visitante habla en voz baja y sale caminando de puntillas. Después de comprar unas bonitas cestas a las indígenas Pames que le esperan en la entrada del atrio, el visitante toma el camino de regreso al siglo XXI, no sin darse vuelta de vez en cuando para echar una mirada al templo de Santa María Acapulco y a su enorme techo de palma, encallado en lo alto de la loma como otra Arca de Noé.

Cómo llegar:
En automóvil particular:
Desde el norte: En la carretera Cd. Valles - San Luís Potosí, tomar la carretera de Lagunillas a la altura del pueblo de Rayón. Antes de llegar a Lagunillas, un cartel indica (izquierda) la dirección de Santa María Acapulco.

Desde el sur: En la carretera Jalpán - San Luís Potosí, desviarse a la derecha (dirección Lagunillas) en el pueblo de Arroyo Seco. Unos kilómetros después de Lagunillas, un cartel indica (derecha) la dirección de Santa María Acapulco. La carretera recién asfaltada esta en excelentes condiciones hasta Santa María Acapulco.

Dónde comer y dormir:
No existen hoteles ni restaurantes en Santa María Acapulco, ni en el pueblo de Lagunillas.

Cómo visitar el templo:
Se debe pedir permiso al encargado o al mayordomo para entrar al templo y tomar fotografías.

El pasado 1 de Julio del 2007 un rayo incendió la Iglesia de Santa María Acapulco destruyendola casi en su totalidad. Decidimos dejar el artículo como homenaje a todo el pueblo Pame y como registro de una Iglesia que sobrevivió 400 años aproximadamente hasta ese día. Afortunadamente el INAH a comenzado con su rescate.

Referencia:
Secretaría de Turismo de San Luis Potosí
UNESCO Patrimonios de la Humanidad
Pueblos Indígenas de México
Instituto Nacional de Antropología e Historia
Altiplano Boliviano de Oruro

Texto Anne Bonnefoy
Fotografía Anne Bonnefoy

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Última actualización de información: Enero 2007

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